-
Mostrando entradas con la etiqueta Papa Francisco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Papa Francisco. Mostrar todas las entradas

PAPA FRANCISCO - HOMILIA DEL ARZOBISPO BERGOGLIO EN LA MISA CRISMAL

| domingo, 24 de marzo de 2013
Leer más »

 
 
Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa Crismal (2009)

Permanecer en la unción

El Salmo 88 que recién hemos rezado nos habla del “para siempre” de la unción: “Ungí a David mi servidor con el óleo sagrado, para que mi mano esté siempre con él”. La unción del Señor es “fidelidad y amor que nos acompañan” a lo largo de nuestra vida sacerdotal. Quizá sea San Juan quien mejor expresa este carácter permanente de la unción: “La unción que recibieron de Él permanece en ustedes y no necesitan que nadie les enseñe”(i Jn 2, 27).

La unción permanece en nosotros, nos imprime carácter; se trata de que nosotros permanezcamos en ella: “Ya que esa unción los instruye en todo y ella es verdadera y no miente, permanezcan en Él, como ella les enseña”.Permanecer en la unción., que nos enseña interiormente cómo permanecer en la amistad con Jesús.

Nos hará bien preguntarnos: ¿Qué nos ayuda a permanecer en la unción? ¿Cómo experimentar su alegría, comosentir que nos fortalece, haciendo suave y llevadera la Cruz, cómo vivirla como escudo ante las tentaciones y como bálsamo en las heridas? ¿Qué nos ayuda a no depotenciarla, a no perder la sal, a mantener ardiente el fervor.? ¿Cómo evitar engrosar la lista de aquellos que terminaron mal y no permanecieron en la unción: Saúl, Esaú, Salomón.? A modo de respuesta, un poco antes, en la misma carta, Juan da la clave: “El que dice que permanece en Él, debe andar como Él” (1 Jn 2, 6).

Permanecer en la unción entonces no significa poner cara de estampita ni mantener una postura estática; significa “andar” y el andar del que habla Juan (periepatesen) es el de todos los paralíticos curados del evangelio, que se levantaban de un salto y andaban con su camilla a cuestas y seguían al Señor; es el andar de Pedro hacia Jesús, caminando sobre las aguas, símbolo del hombre que camina en la fe, que “abandona toda seguridad y avanza al encuentro de lo que sólo se alcanza por la gracia” (von Balthasar). Así es: para permanecer en la unción hay quecaminar, hay que salir y andar como Cristo anduvo.

La unción del Espíritu permaneció sobre el Señor que “pasó haciendo el bien”, derramando la misericordia del Padre sobre todos los que lo necesitaban en cada ocasión, hasta consumar su Pascua y el Éxodo de sí en la apertura total de su Corazón traspasado en la Cruz. Y permanecer en la unción es pasar haciendo el bien; un bien que no es una posesión constatable sino que se difunde como el perfume de nardo puro con el que María ungió al Señor. Esto es lo que irritó a Judas, que había perdido la unción y ya no podía gozar de la fragancia que perfumaba toda la casa. La intangibilidad de la unción del Espíritu suele reemplazarse, cuando se la pierde, con la tangibilidad contante y sonante del dinero. Pensemos en la autoreferencialidad contable de tantas personas e instituciones de Iglesia. ¿Qué tal su permanencia en la unción? Cuando, en el desierto, el pueblo se cansó de la unción, se fabricó un becerro de oro (Ex. 32: 1-6)

La permanencia en la unción se define en el caminar y en el hacer. Un hacer que no sólo son hechos sino unestilo que busca y desea poder participar del estilo de Jesús. El “hacerse todo a todos para ganar a algunos para Cristo” va por este lado. Como ungidos se trata de participar de esa unción, la que le da el latir manso y humilde al Corazón del Señor; participar de esa unción que lo llena de gozo cuando ve cómo el Padre lo hace todo bien y le revela sus cosas a los pequeños; participar de esa unción que cubre todo su Cuerpo en la pasión haciendo que sus llagas, untadas con el remedio de la caridad, se conviertan en llagas sanadoras; participar de esa unción con el óleo de la alegría de la resurrección, que se trasunta en el oficio de consolar a los amigos.

Pero es precisamente en el modo de anunciar y de defender la verdad donde mejor podemos contemplar el estilo del Ungido y su modo de proceder. Aquí resalta sobremanera la paciencia que el Señor tenía para enseñar. La paciencia con la gente (los evangelistas nos hacen notar cómo Jesús se pasaba horas enseñando y charlando con la gente, aunque estuviera cansado); y la paciencia con los discípulos (cómo les explicaba las parábolas cuando se quedaban a solas, con cuánto buen humor les hacía confesar que habían estado charlando acerca de quién era el más importante., cómo los fue preparando para su cruz y para que lo supieran reconocer luego en la increíble alegría de la resurrección). La imagen más linda, quizá, de esta unción para enseñar es la del Peregrino de Emaús. Ellos le hablan y le hablan y Él los escucha pacientemente mientras los va haciendo sentir y gustar internamente lo bueno que es andar en su compañía, de modo tal que cuando hace ademán de seguir de largo sienten que no quieren que se vaya y les nace invitarlo a pasar. Entonces “se le abren los ojos” y lo reconocen al partir el pan. ¡La unción con que el Señor partía el pan y se lo daba! Es la unción al celebrar la Eucaristía que quedó grabada en la memoria de la Iglesia y de la cual cada uno de nosotros, sacerdotes, participamos. En la fórmula común de la Iglesia cada uno pone lo más especial de su corazón al consagrar, y suele ser gracia participada de algún otro sacerdote que le hizo sentir la unción del Señor. Permanecer en la unción, permanecer en la escucha de la Palabra como quien comparte el pan.

Dejemos de lado, por el momento, la agudeza y la chispa del Señor para sacar enseñanza de todo lo cotidiano y también en la elaboración magistral de las parábolas, que son a prueba de ilustrados, y contemplemos cómo se manifiesta la unción del Señor para combatir el error y las insidias de sus enemigos. Nunca se fue de boca el Señor. Y eso que tenía capacidad y motivos para ser irónico, o para mostrarse despechado o ser mordaz. Su no dialogar con el demonio (porque con el demonio no se debe dialogar), su dominio de la lengua con los escribas y fariseos, su silencio ante los poderosos, su no desquitarse con los débiles que se contagiaban y hacían leña del árbol caído. nos hablan de este modo de proceder del Ungido del cual se nos invita a participar. Toda esta parte, “negativa”, si se quiere, de dominio de sí, es la contra­cara necesaria de esa palabra buena que sembraba hondo en el corazón de los humildes. El Ungido a quien seguimos no se impone con arranques prepotentes ni maltrato a los fieles. El que es la Palabra unge penetrando mansamente en el interior del que tiene buena voluntad y blindando el corazón para que ninguna palabra pueda ser mal usada por el enemigo.

Hoy día, quizá más que nunca, necesitamos esta gracia de la unción de la Palabra. Necesitamos escuchar palabras ungidas que nos permitan interiorizar la verdad de manera tal que no tengamos temor a perder libertad por obedecer palabras del Señor o de la Iglesia: la palabra ungida nos enseña desde adentro. Necesitamos también escuchar palabras ungidas que nos tornen alérgicos a toda mala palabra, esas que dejan mal gusto en la boca y agrian el corazón. Nuestro pueblo fiel necesita que le prediquemos palabras ungidas, que le lleguen al corazón y se lo hagan arder como las palabras del Señor hicieron arder el corazón de los discípulos de Emaús, palabras ungidas que le defiendan el corazón para que no lo penetre tanta mala palabra, tanto chisme y chabacanería, tanta mentira y tanta palabra interesada. Estos modos de hablar, que hoy se escuchan por todos lados y todo el tiempo son los que atacan y muchas veces hacen perder la unción.

Ungidos en el Ungido miremos hoy a nuestra Madre y pidámosle que cuide la unción en nuestro corazón.

Y   que la cuide también en nuestra mirada y en nuestras manos. Que con ese modo suyo de proceder, tan de su Hijo, modo de proceder que ella primero le inculcó y luego, como discípula, aprendió de Él, nos hable la verdad y lo haga -como buena macabea- en aquel lenguaje materno (cfr. 2 Mac. 7:21,27) que nos lleva irresistiblemente a permanecer en Jesús. Que su bondad nos ayude a comprender que la unción no se manifiesta en una pose hierática y artificiosa en nuestro modo de ser, sino en el andar como Él anduvo; nos ayude a guardar la palabra con unción y con unción miremos y trabajemos. Y de manera especial le pedimos que no salga de nuestra boca palabra que no sea edificante sino que, guardando y rumiando las cosas de su Hijo en nuestro corazón, nos broten palabras que alegren al Santo Pueblo fiel de Dios, según los pasos del Ungido que vino para anunciarle la Buena Nueva.
 
 
 
 

PAPA FRANCISCO - HOMILIA DEL ARZOBISPO BERGOGLIO EN LA MISA CRISMAL

Posted by : Webmaster
Date :domingo, 24 de marzo de 2013
With 0comentarios

ENTREVISTA AL PAPA FRANCISCO (II parte- 2009)

|
Leer más »
 
 
 
 
“Conviene que comiences a trabajar…”
 
Cuando terminó la escuela primaria, su padre lo llamó y le dijo: “Mirá, como vas a empezar el secundario, conviene que también comiences a trabajar; en las vacaciones te voy a conseguir algo”. Jorge, con apenas 13 años, lo miró un tanto desconcertado. En su casa vivían bien con el sueldo de su papá, que era contador. “No nos sobraba nada, no teníamos auto ni nos íbamos a veranear, pero no pasábamos necesidades”, aclara. De todas formas, aceptó obediente.
 
Al poco tiempo estaba trabajando en una fábrica de medias que atendía el estudio contable donde se desempeñaba su padre. Durante los dos primeros años, realizó tareas de limpieza. En el tercero le dieron trabajos administrativos y, a partir del cuarto año, su rumbo laboral y el tiempo dedicado cambiaron.
 
Como concurría a un colegio industrial, especializado en química de la alimentación, consiguió entrar en un laboratorio, donde trabajaba entre las 7 y las 13. Apenas le quedaba una hora para almorzar antes de asistir a clase hasta las 20.
 
Más de medio siglo después, evalúa que aquel trabajo —que siguió realizando tras concluir el secundario— terminó siendo muy valioso para su formación.
 
“Le agradezco tanto a mi padre que me haya mandado a trabajar. El trabajo fue una de las cosas que mejor me hizo en la vida y, particularmente, en el laboratorio aprendí lo bueno y lo malo de toda tarea humana”, subraya. Con tono nostálgico, agrega: “Allí tuve una jefa extraordinaria, Esther Balestrino de Careaga, una paraguaya simpatizante del comunismo que años después, durante la última dictadura, sufrió el secuestro de una hija y un yerno, y luego fue raptada junto con las desaparecidas monjas francesas: Alice Domon y Léonie Duquet, y asesinada. Actualmente, está enterrada en la iglesia de Santa Cruz. La quería mucho. Recuerdo que cuando le entregaba un análisis, me decía: ‘Ché… ¡qué rápido que lo hiciste!’. Y, enseguida, me preguntaba: ‘¿Pero este dosaje lo hiciste o no?’ Entonces, yo le respondía que para qué lo iba a hacer si, después de todos los dosajes de más arriba, ése debía dar más o menos así. ‘No, hay que hacer las cosas bien’, me reprendía. En definitiva, me enseñaba la seriedad del trabajo. Realmente, le debo mucho a esa gran mujer.”
 
Esa evocación sirvió de disparador para el tema de la nueva charla: el trabajo.
 
—Seguramente, a lo largo de su vida sacerdotal lo habrá venido a ver mucha gente desocupada. ¿Cuál es su experiencia?
 
—Claro, mucha. Son gente que no se siente persona. Y que, por más que sus familias y sus amigos los ayuden, quieren trabajar, quieren ganarse el pan con el sudor de su frente. Es que, en última instancia, el trabajo unge de dignidad a una persona. La unción de dignidad no la otorga ni el abolengo, ni la formación familiar, ni la educación. La dignidad como tal sólo viene por el trabajo. Comemos lo que ganamos, mantenemos a nuestra familia con lo que ganamos. No interesa si es mucho o poco. Si es más, mejor. Podemos tener una fortuna, pero si no trabajamos, la dignidad se viene abajo. Un ejemplo típico es el del inmigrante que llega sin nada, lucha, trabaja y en una de ésas “hace la América”. Pero, cuidado, porque con el hijo o el nieto puede empezar la decadencia si no está educado en el trabajo. Por eso, los inmigrantes no toleraban al hijo o al nieto vago: lo hacían trabajar. ¿Puedo contar algo que viene a cuento?
 
—Claro…
 
—Recuerdo el caso de una familia porteña de ascendencia vasca. Corrían los años setenta y el hijo estaba muy metido en la protesta social. El padre era un ganadero de aquéllos. Entre ambos había problemas ideológicos serios. Como los dos respetaban mucho a un sacerdote anciano, lo invitaron a comer para que los ayudara a resolver el conflicto. El sacerdote fue, los escuchó pacientemente y al final, como viejo sabio que era, les dijo: “El problema es que ustedes se olvidaron del calambre.” Padre e hijo, desconcertados, le preguntaron: “¿Qué calambre?” Y el sacerdote les respondió, mientras los iba señalando: “¡Del calambre de tu padre y del calambre de tu abuelo, producto de levantarse todos los días a las cuatro de la madrugada para ordeñar las vacas!”
 
—Ciertamente, el sacrificio hace ver las cosas de otra manera.
 
—Por lo pronto, nos aleja de las teorizaciones estériles. El padre se había entregado, digamos, al establishment y el hijo se había abrazado con fuerza a otra ideología, porque ambos se olvidaron del trabajo. El trabajo abre una puerta de realismo y constituye un claro mandato de Dios: “Crezcan, multiplíquense y dominen la tierra…” O sea, sean señores de la tierra: trabajen.
 
—Pero la peor parte la llevan los que quieren trabajar y no pueden.
 
—Lo que pasa es que el desocupado en sus horas de soledad, se siente miserable, porque “no se gana la vida”. Por eso, es muy importante que los gobiernos de los diferentes países, a través de los ministerios competentes, fomenten una cultura del trabajo, no de la dádiva. Es verdad que en momentos de crisis hay que recurrir a la dádiva para salir de la emergencia, como la que los argentinos vivimos en 2001. Pero después hay que ir fomentando fuentes de trabajo porque, y no me canso de repetirlo, el trabajo otorga dignidad.
 
—Pero la escasez de trabajo comporta un desafío enorme. De hecho, algunos hablan del “fin del trabajo”…
 
—A ver… En la medida en que menos personas trabajan, menos personas consumen. El hombre interviene cada vez menos en la producción, pero es al mismo tiempo quien va a comprar los productos. Pareciera que esto se perdió un poco de vista. Creo que no se están explorando trabajos alternativos. Incluso, hay países con una previsión social elaborada que, al considerar que no se les puede dar trabajo a todos, disminuyen los días laborales o las horas de trabajo con el argumento de que la gente tenga más “ocio gratificante”. Pero el primer escalón es la creación de fuentes de trabajo. No nos olvidemos que la primera encíclica social (Rerum Novarum) nació a la sombra de la Revolución Industrial, cuando comenzaron los conflictos y no surgieron dirigentes con la capacidad para crear alternativas.
 
—En la otra punta está el problema del exceso de trabajo… ¿Habría que recuperar el sentido del ocio?
 
—Su recto sentido. El ocio tiene dos acepciones: como vagancia y como gratificación. Junto con la cultura del trabajo, se debe tener una cultura del ocio como gratificación. Dicho de otra manera: una persona que trabaja debe tomarse un tiempo para descansar, para estar en familia, para disfrutar, leer, escuchar música, practicar un deporte. Pero esto se está destruyendo, en buena medida, con la supresión del descanso dominical. Cada vez más gente trabaja los domingos como consecuencia de la competitividad que plantea la sociedad de consumo. En esos casos, nos vamos al otro extremo: el trabajo termina deshumanizando. Cuando el trabajo no da paso al sano ocio, al reparador reposo, entonces esclaviza, porque uno no trabaja ya por la dignidad, sino por la competencia. Está viciada la intención por la cual estoy trabajando.
 
—Y, obviamente, resiente la vida familiar…
 
Por eso, una de las cosas que siempre les pregunto, en la confesión, a los padres jóvenes es si juegan con sus hijos. A veces, se sorprenden porque no esperan una pregunta como ésa y admiten que nunca se la habían formulado. Muchos de ellos se van a trabajar cuando sus hijos aún no despertaron y vuelven cuando ya están durmiendo. Y los fines de semana, vencidos por el cansancio, no los atienden como debieran hacerlo. El sano ocio supone que la mamá y el papá jueguen con sus hijos. Entonces, el sano ocio tiene que ver con la dimensión lúdica, que es profundamente sapiencial. El libro de la Sabiduría expresa que, en su sapiencia, Dios jugaba. En cambio, el ocio como vagancia es la negación del trabajo. Una milonga que cantaba Tita Merello dice: “che fiaca, salí de la catrera”.
 
—Pero no es fácil encontrar el equilibrio. Uno puede quedar fácilmente “fuera de carrera”.
 
—Es cierto. La Iglesia siempre señaló que la clave de la cuestión social es el trabajo. El hombre trabajador es el centro. Hoy, en muchos casos, esto no es así. Se lo echa fácilmente si no rinde lo previsto. Pasa a ser una cosa, no se lo tiene en cuenta como persona. La Iglesia denunció, en las últimas décadas, una deshumanización del trabajo. No nos olvidemos que una de las principales causas de suicidio es el fracaso laboral en el marco de una competencia feroz. Por eso, no hay que mirar el trabajo solamente desde lo funcional. El centro no es la ganancia, ni el capital. El hombre no es para el trabajo, sino el trabajo para el hombre.
 


Fuente:
Libro "El Jesuita"
Autores:
Sergio Rubin - Francesca Ambrogetti
Ediciones B Argentina S.A., 2010
para el sello Javier Vergara Editor
Av. Paseo Colón 221, piso 6 - Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

 
 
 
 

ENTREVISTA AL PAPA FRANCISCO (II parte- 2009)

Posted by : Webmaster
Date :
With 0comentarios

ENTREVISTA AL PAPA FRANCISCO (2009)

| sábado, 23 de marzo de 2013
Leer más »
 
 
Hacía mucho calor la mañana de enero de 1929 en que la familia Bergoglio desembarcó en el puerto de Buenos Aires. Su llegada no pasó para nada desapercibida. Ocurre que encabezaba el grupo una elegante señora vestida con un abrigo con cuello de zorro, por cierto magnífico, pero totalmente inadecuado para el sofocante y húmedo verano porteño. No era una estrafalaria ocurrencia de su portadora: en el forro de la prenda, Rosa Bergoglio llevaba el producto de la venta de los bienes que la familia poseía en Italia y con el que contaban para comenzar su nueva vida en la Argentina. Las transacciones se habían demorado mucho más de lo previsto, circunstancia que, probablemente, les terminó salvando la vida. Es que los Bergoglio tenían pasajes para viajar desde Génova bastante antes en el tristemente famoso buque Principessa Mafalda, precisamente en el que sería su último viaje dado que, por una severa avería, se le perforó su casco y se hundió al norte de Brasil, cobrándose cientos de vidas. Finalmente, se embarcaron en el Giulio Cesare.
 
Provenían del norte de Italia, del Piamonte, de un pueblo llamado Portacomaro. Dejaban atrás un continente donde aún no habían cicatrizado del todo las heridas de la Primera Guerra Mundial y ya se empezaba a temer seriamente que podría estallar otra, una Europa con muchas carencias económicas. Llegaban a un país alejado de aquellas conflagraciones y las tensiones, que ofrecía la promesa de fuentes de trabajo al parecer inagotables, salarios mejores, posibilidad de acceso a la educación para todos y gran movilidad social. En otras palabras, llegaban a un país de paz y progreso. A diferencia de la mayoría de los inmigrantes, que al llegar se alojaban inicialmente en el emblemático Hotel de los Inmigrantes, junto al puerto, los Bergoglio siguieron viaje a la capital entrerriana, donde los aguardaban ansiosos los familiares.
 
Los orígenes de la familia del cardenal, su venida al país, el recuerdo de sus padres y las vivencias de su niñez figuraban en el temario de la primera reunión con Bergoglio, concretada en la sala de audiencias del arzobispado porteño, que sería a partir de entonces el ámbito de todos nuestros encuentros. Ni bien le mencionamos nuestras inquietudes, los recuerdos le surgieron en el acto: aquel fallido viaje en el Principesca Mafalda, la llegada al puerto del grupo familiar —entre ellos, su futuro padre, que por entonces tenía 24 años—, el episodio de su abuela con el tapado de zorro, los comienzos en la capital de Entre Ríos…
 
—¿Por qué su familia emigró a la Argentina?
 
—Tres hermanos de mi abuelo estaban acá desde el año 1922 y habían creado una empresa de pavimentos en Paraná. Allí levantaron el palacio Bergoglio, de cuatro pisos, que fue la primera casa de la ciudad que contó con ascensor. Tenía una cúpula muy linda, parecida a la de la confitería El Molino de Buenos Aires, que después fue sacada del edificio. En cada piso vivía un hermano. Con la crisis de 1932 se quedaron sin nada y tuvieron que vender hasta la bóveda de la familia. Uno de mis tíos abuelos, el presidente de la firma, ya había muerto de cáncer, otro empezó de nuevo y le fue muy bien, el menor se fue a Brasil y mi abuelo pidió prestados 2.000 pesos y compró un almacén. Papá, que era contador y que en la pavimentadora trabajaba en la administración, lo ayudaba haciendo el reparto de la mercadería con una canasta, hasta que consiguió un puesto en otra empresa. Empezaron de nuevo con la misma naturalidad con que habían venido. Creo que eso demuestra la fuerza de la raza.
 
—¿En Italia estaban mal?
 
—No, en realidad no. Mis abuelos tenían una confitería, pero quisieron venir para reunirse con sus hermanos. Eran seis en total y en Italia quedaron dos, un hermano y una hermana.
 
—El concepto de mantener unida la familia es muy europeo y, especialmente, muy italiano...
 
—Es cierto. En mi caso, fui el que más asimilé las costumbres porque fui incorporado al núcleo de mis abuelos. Cuando yo tenía 13 meses, mamá tuvo mi segundo hermano; somos en total cinco. Los abuelos vivían a la vuelta y para ayudar a mamá, mi abuela venía a la mañana a buscarme, me llevaba a su casa y me traía a la tarde. Entre ellos hablaban piamontés y yo lo aprendí. Querían mucho a todos mis hermanos, por supuesto, pero yo tuve el privilegio de participar del idioma de sus recuerdos.
 
—¿Cuánta nostalgia sentían sus mayores?
 
—A papá jamás le vi una señal de nostalgia, lo que implica que experimentaba ese sentimiento, porque por algo lo negaba. Por ejemplo, nunca hablaba piamontés conmigo, sí con los abuelos. Era algo que tenía encapsulado, que había dejado atrás; prefería mirar hacia adelante. Recuerdo que una vez yo estaba contestando, en un italiano bastante defectuoso, una carta de una profesora de papá que me había escrito al seminario. Le pregunté cómo se escribía una palabra y lo noté impaciente. Me contestó rápido, como para terminar la conversación y se fue. Parecía que acá no quería hablar de lo de allá, aunque sí lo hacia con mis abuelos.
 
—Hay quienes dicen que Buenos Aires no mira hacia el río porque como fue construida, en buena medida, por inmigrantes que sufrieron el desgarro de la partida y el desarraigo, ellos preferían orientarla hacia la pampa, que significaba el futuro.
 
—El origen de la palabra nostalgia —del griego nostos algos— tiene que ver con el ansia por volver al lugar; de esto habla la Odisea. Esa es una dimensión humana. Lo que hace Homero a través de la historia de Ulises es marcar el camino de regreso al seno de la tierra, al seno materno de la tierra que nos dio la luz. Considero que hemos perdido la nostalgia como dimensión antropológica. Pero también la perdimos a la hora de educar, por ejemplo, en la nostalgia del hogar. Cuando guardamos a los mayores en los geriátricos con tres bolitas de naftalina en el bolsillo, como si fueran un tapado o un sobretodo, de alguna manera tenemos enferma la dimensión nostálgica porque, encontrarse con los abuelos, es asumir un reencuentro con nuestro pasado.
 
—Algo propio de todo inmigrante…
 
—Ciertamente. Todo inmigrante, no sólo el italiano, se enfrenta a esta tensión. Un gran maestro de la nostalgia, el poeta alemán Friedrich Hölderlin, tiene una obra muy linda que le dedicó a su abuela cuando ella cumplió 78 años, que empieza: “Viviste muchas cosas… Oh gran madre… viviste muchas cosas… ” y que termina: “Que el hombre no defraude lo que de niño te prometió”. Recuerdo muy bien esto porque tengo una especial devoción por mi abuela, por todo lo que me dio en los primeros años de vida y así se lo reconozco en uno de mis libros. Admiro mucho también a Nino Costa, que hablando de los piamonteses tiene estrofas muy románticas que vienen a colación.
 
Bergoglio nos recitó de memoria y, con mucha emoción, una de ellas en piamontés y, luego, la tradujo al castellano:
 
Ma ‘l pi dle volte na stagiôn perduva o na frev o ‘n malheur dël só mesté a j’ancioda’nt’na tomba patanuva spersa ‘nt’un camposantô foresté.
 La mayoría de las veces perduraba en el sitio, en el calor, en el éxito y fracaso de su trabajo y terminaba en una tumba en un campo santo arbolado.
 
Y redondeó: “La nostalgia poética que expresa aquí Nino radica en el haber querido, pero no haber podido volver. También hay una notable reflexión sobre la nostalgia de la migración en el libro Il grande esodo de Luigi Orsenigo.”
 
—¿Cómo se conocieron sus padres?
 
—Se conocieron en 1934 en misa, en el oratorio salesiano de San Antonio, en el barrio porteño de Almagro, al que pertenecían. Se casaron al año siguiente. Ella era hija de una piamontesa y de un argentino descendiente de genoveses. Me acuerdo mucho de uno de esos tíos abuelos, que era un viejo pícaro, y que nos enseñaba a cantar cantitos medio subiditos de tono en dialecto genovés. Por eso, lo único que sé en genovés son cosas irreproducibles.
 
—¿Jugaba con sus padres?
 
—Sí, a la brisca y otros juegos de naipes. Como papá jugaba al básquet en el club San Lorenzo, nos llevaba a veces. Con mamá escuchábamos los sábados a las dos de la tarde las óperas que pasaba Radio del Estado (hoy Radio Nacional). Nos hacía sentar alrededor del aparato y, antes de que comenzara la ópera, nos explicaba de qué trataba. Cuando estaba por empezar alguna aria importante, nos decía: “Escuchen bien, que va a cantar una canción muy linda.” La verdad es que estar con mamá, los tres hermanos mayores, los sábados a las dos de la tarde, gozando del arte, era una hermosura.
 
—¿Se portaban bien? No es algo fácil para un chico conectarse con una ópera…
 
—Si… bueno. A veces en la mitad empezábamos a dispersarnos, pero ella nos mantenía la atención, porque durante el desarrollo continuaba con sus explicaciones. En Otelo, nos avisaba: “Escuchen bien, ahora la mata.” Esas son las cosas que recuerdo de mi niñez: la presencia de los abuelos, como dije, cuya figura se fue desdibujando en la sociedad y que ahora, por la crisis económica, vuelve a aparecer, porque se los necesita para cuidar a los chicos. Y, sobre todo, recuerdo a papá y mamá compartiendo con nosotros, jugando… cocinado…
 
—¿Cocinando?
 
—Me explico: mamá quedó paralítica después del quinto parto, aunque con el tiempo se repuso. Pero, en ese lapso, cuando llegábamos del colegio la encontrábamos sentada pelando papas y con todos los demás ingredientes dispuestos. Entonces, ella nos decía cómo teníamos que mezclarlos y cocinarlos, porque nosotros no teníamos idea: “Ahora, pongan esto y esto otro en la olla y aquello en la sartén…”, nos explicaba. Así aprendimos a cocinar. Todos sabemos hacer, por lo menos, milanesas.
 
—¿Cocina actualmente?
 
—No, no tengo tiempo. Pero cuando vivía en el colegio Máximo, de San Miguel, como los domingos no había cocinera, yo cocinaba para los estudiantes.
 
—¿Y cocina bien?
 
—Bueno, nunca maté a nadie…
 
 
Fuente:
Libro "El Jesuita"
Autores:
Sergio Rubin - Francesca Ambrogetti
Ediciones B Argentina S.A., 2010
para el sello Javier Vergara Editor
Av. Paseo Colón 221, piso 6 - Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
www.edicionesb.com.ar



ENTREVISTA AL PAPA FRANCISCO (2009)

Posted by : Webmaster
Date :sábado, 23 de marzo de 2013
With 0comentarios
Prev
▲Top▲