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VIDA DE SAN RUPERTO DE SALZBURGO (27 DE MARZO)

| martes, 26 de marzo de 2013
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La primera parte de la vida de san Ruperto se ha conservado en la oscuridad y hubo una gran diferencia de opiniones respecto a la fecha en la que verdaderamente floreció.
 
Según las fuentes más fidedignas fue franco, aunque Colgan lo considera irlandés, cuyo nombre gaélico habría sido Robert Tach. Se puede hoy afirmar con certeza que, antes de empezar sus campañas misioneras, ya era obispo de Worms y en ese caso, no hay ninguna dificultad en que haya visitado Roma, ya que como obispo no requería especial autorización para tal objeto. Probablemente alrededor del año 697, fue cuando llegó con varios compañeros a Regensburgo y se presentó ante el duque Theodo de Baviera, sin cuyo permiso nada se podía hacer.
 
Probablemente llevaba consigo credenciales del rey franco Childeberto III, que siempre estuvo ansioso de la conversión de las provincias recientemente subyugadas. Parece que el duque era aún pagano, pero que su hermana era cristiana y no hay duda de que muchos en Baviera habían recibido el mensaje del Evangelio antes de esta fecha. Theodo no solamente dio la bienvenida a los recién llegados, sino que consintió en escuchar su predicación y en recibir sus enseñanzas. A su conversión y bautismo, siguió el de muchos nobles y no se presentó gran oposición al trabajo de los misioneros. El pueblo estuvo bien dispuesto y san Ruperto y sus compañeros cosecharon abundante fruto.
 
Un templo pagano en Regensburgo y otro en Altotting, fueron casi inmediatamente adaptados para el culto cristiano. Se construyeron otras iglesias y casi toda la población fue instaurada en la fe cristiana. Los misioneros continuaron su camino a lo largo del Danubio; y en Lorch, san Ruperto llevó a cabo muchas conversiones y realizó muchas curaciones milagrosas.
 
No fue, sin embargo, ni en Regensburgo, ni en Lorch, donde el santo estableció su centro de actividades, sino en el antiguo y ruinoso pueblo de Juvavum, que el duque le donó y que fue reconstruido y llamado Salzburgo. La generosidad de Theodo permitió a Ruperto erigir una iglesia y un monasterio con su escuela, dedicados a San Pedro. Se levantaron además otros edificios sagrados. El valle vecino, con sus fuentes de agua salada, formaba parte de la donación del duque. San Ruperto fue hábilmente secundado por sus compañeros, tres de los cuales, Vital, Cunialdo y Gisilario, fueron después reconocidos como santos. No tardaron en necesitar urgente ayuda y Ruperto regresó a su tierra natal para reclutar misioneros y logró conseguir doce trabajadores más. Indujo también a su hermana o sobrina, santa Erentrudis, a ingresar a un monasterio que él construyó en Nonberg y del que fue la primera abadesa.
 
Un gran número de iglesias y lugares llevan el nombre de San Ruperto y están tradicionalmente relacionados con él, pero muchos de ellos le fueron sin duda dedicados tiempo después. Además de su trabajo evangelizador, el santo hizo mucho por la civilización de sus conversos y promovió el desarrollo de las minas de sal. Fue él quien le dio a Juvavum el nombre actual de Salzburgo ("Ciudad de la sal"). Murió allí probablemente alrededor del año 710. La fiesta de san Ruperto se celebra en Austria, así como en Irlanda y Baviera.
 
 
La fuente más fidedigna es un documento conocido como «Gesta S. Rodberti», escrito en la primera mitad del siglo IX. Ha sido publicado por W. Levison en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores Merov. Otros textos están citados en Biblioteca Hagiográfica Latina., nn. 7391-7403, pero son menos fidedignos. Ver también a Hauck, Kirchengeschichte Deutschlands, vol. I, p. 372 ss.; W. Levison en Neues Archiv, vol. XXVIII, p. 283 ss. y L. Gougaud, Les saints irlandais hors d´Irlande (1936). El nombre del santo aparece en diversas formas.
 
 
 

fuente:



VIDAS DE LOS SANTOS DE BUTLER
Traducida y adaptada al español por
WIFREDO GUINEA, S. J.
de la Segunda Edición Inglesa revisada por
HERBERT THURSTON, S. I. y DONALD ATTWATER






VIDA DE SAN RUPERTO DE SALZBURGO (27 DE MARZO)

Posted by : Webmaster
Date :martes, 26 de marzo de 2013
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VIDA DE SAN DIMAS (25 DE MARZO)

| domingo, 24 de marzo de 2013
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En la suposición de que Nuestro Señor fue crucificado el 25 de marzo, el Martirologio Romano, en este día, contiene la siguiente relación:

"En Jerusalén, la conmemoración del santo ladrón que confesó a Cristo en la cruz y mereció oír de El las palabras: "Este día estarás conmigo en el paraíso." No sabemos más de su historia que lo contenido en los pocos versículos dedicados a él por el evangelista San Lucas; pero, como en el caso de la mayoría de los otros personajes nombrados en los Evangelios, tales como Pilato, José de Arimatea, Lázaro, Marta, pronto se compuso un relato que situó al "buen ladrón" en lugar eminente en la literatura apócrifa de los siglos primitivos. En el "Evangelio de la Infancia" de los árabes, se nos relata cómo, en la ruta de la huida a Egipto, la Sagrada Familia fue asaltada por ladrones. De los dos jefes llamados Tito y Dumaco, el primero, movido a compasión, pidió a su compañero que dejara pasar a aquellas gentes sin molestia y, al rehusarse Dumaco, Tito lo sobornó con cuarenta dracmas para que los dejara en paz. Entonces, la Santísima Virgen le dijo a su benefactor: "El Señor Dios te sostendrá con su diestra y te concederá la remisión de tus pecados." Y el Niño Jesús también intervino y dijo: "Dentro de treinta años, madre, los judíos me crucificarán en Jerusalén y estos dos ladrones serán crucificados conmigo, Tito a mi derecha y Dumaco a mi izquierda y, a partir de ese día, Tito me precederá en el paraíso."




Este relato, junto con otros, encontró popular aceptación entre la cristiandad occidental. Aunque los nombres más comúnmente dados a los ladrones fueron los de Dimas y Gestas, también encontramos los de Zoatan y Camata y aún otros diversos. Ese sentimiento genuino de devoción fue algunas veces evocado, ya que el instante del perdón del buen ladrón en la cruz parece figurar en la visión de San Porfirio (c. 400).
 
Encontramos a los dos ladrones representados en cuadros de la crucifixión, desde tiempos muy remotos, como por ejemplo, en el manuscrito de Ciríaco, ilustrado por Rábulas, en 586, conservado en la Biblioteca Lorenciana en Florencia. Las palabras del buen ladrón: "Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino," se han adaptado a un uso muy solemne en la misa bizantina, al "gran principio" de ella y a la comunión de los ministros y el pueblo.
 
 


Ver Evangiles apocryphes, editado por E. Peeters, vol. II; el artículo Larrons en el Dictionnaire de la Bible, Bauer, Leben Jesu im Zeitalter der N.T. Apokryphen, pp. 221-222; Rendel Harris en The Expositor, 1900, vol. I, pp. 304-308; y Notes and Queries, serie décima, vol. XI, pp. 321 y 394; vol. XII, p. 133. Ecos de la leyenda del buen ladrón se encuentran tanto en el Cursor mundi medieval, 11. 16739 ss., como en Golden Legend, de Longfellow y en otras partes.
En la imagen: El buen ladrón en la cruz, de Robert Campin (aprox 1425)



fuente:

VIDAS DE LOS SANTOS DE BUTLER
Traducida y adaptada al español por
WIFREDO GUINEA, S. J.
de la Segunda Edición Inglesa revisada por
HERBERT THURSTON, S. I. y DONALD ATTWATER




 

VIDA DE SAN DIMAS (25 DE MARZO)

Posted by : Webmaster
Date :domingo, 24 de marzo de 2013
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VIDA DE SANTA CATALINA DE SUECIA (24 DE MARZO)

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Catalina Ulfsdotter, fue la cuarta de los ocho hijos de santa Brígida quien, al igual que su hija, es conocida como «de Suecia», no porque pertenecieran a una casa real sino simplemente por distinguirlas de homónimas. En esa familia religiosa Catalina aprendió primeramente a amar a Dios y, a temprana edad, fue confiada al cuidado de la abadesa de Risaberga. Catalina fue prometida en matrimonio por sus padres a un devoto y noble joven, Edgardo von Kürnen, que era de origen alemán. La boda se celebró efectivamente.

A Santa Catalina se le celebra en el oficio divino como a virgen, porque, según se dice, la joven pareja, desde que salió de la iglesia, convino en vivir en perpetua continencia. En su nuevo estado, la joven esposa llevó vida de austeridad que Edgardo toleró, pero no alentó. Carlos, hermano de Catalina se mostró grandemente encolerizado cuando ella trató de inducir a la esposa de éste a seguir su ejemplo.

Santa Brígida, a la muerte de su esposo, Ulf, se fue a vivir a Roma y su hija Catalina, como después lo dijo a su homónima de Siena, desde aquel día en que su madre salió de Suecia, se olvidó de lo que era sonreír. En 1350, obtuvo el permiso de Edgardo para visitar a su madre en Roma, pero su hermano Carlos escribió una violenta carta a Edgardo prohibiéndole que la dejara ir. La carta llegó a manos de Catalina, pero ella no se asustó y se amparó bajo la protección que le ofreció uno de sus tíos. Tenía entonces alrededor de diecinueve años.

Santa Brígida había deseado por largo tiempo una compañera, y, cuando su hija, después de algunas semanas de estancia, le anunció que regresaba a casa, su madre le suplicó con ahínco que no lo hiciera, sino que permaneciese en Roma para la causa de Cristo.

Lo que siguió no está del todo claro ni es fácil de entender. Catalina estaba obligada a su esposo, a quien parecía tener profundo afecto, pero se quedó en Roma, no sin pasar por momentos de gran desdicha:
«Yo llevo una vida desgraciada, enjaulada como un animal, mientras los otros van y nutren sus almas en la Iglesia. Mis hermanos y hermanas, en Suecia, pueden servir a Dios en paz».

Por miedo a los desórdenes de la ciudad, cuando la madre de Catalina salía de casa, ordenaba a ésta permanecer encerrada. En estas circunstancias, puede suponerse muy razonablemente que el sueño que tuvo, en el que Nuestra Señora le reprochaba por su inconformidad, fue producto de su depresión nerviosa, aunque la pobre Catalina lo tomó muy en serio. Brígida, por otra parte, creyó habérsele revelado que el esposo de su hija estaba a punto de morir, lo que en realidad sucedió antes de terminar el año. Debido a esta revelación Catalina pareció perder todo deseo de regresar a Suecia.

Cuando se supo que esta hermosa joven era viuda, algunos pretendientes empezaron a asediarla con fines matrimoniales y a pesar de sus terminantes negativas, llegaron hasta hacer planes para raptarla. Un día, cuando ella iba a orar a la iglesia de San Sebastián, un conde romano, Latino Orsini, la asechó con sus sirvientes en una viña, a un lado del camino. Pero repentinamente, un venado apareció y distrajo tanto la atención del grupo, que santa Catalina pasó sin ser advertida. En otra ocasión, los que intentaban raptarla quedaron ciegos temporalmente, así lo testificó después, en presencia del papa, el que encabezaba el grupo. La belleza exterior de la santa era un espejo en el que se reflejaba la gracia interior de su alma. Su caridad era tan grande, que se extendía no solamente a los hechos, sino a las palabras, de suerte que nunca se le oyó proferir una palabra airada o impaciente o una crítica menos bondadosa. Años más larde, imploró a Dios que la Orden de Santa Brígida fuera siempre preservada del veneno de la calumnia y previno a su sobrina Ingegerda, después abadesa de Vadstena, contra los juicios faltos de caridad, diciendo que tanto el murmurador como su oyente llevaban al demonio en sus lenguas. Evitaba toda ostentación y llevaba puestas sus ropas hasta que se le caían a pedazos; sin embargo, se decía que irradiaba tal esplendor hacia las cosas materiales que le rodeaban, que la cabecera de su cama y el dosel parecían estar hechos de los más delicados y exquisitos materiales.
 
 
 
 
Durante los siguientes veinticinco años, la vida de santa Catalina se identificó casi con la de su madre, en cuyas buenas obras tomó parte activa. Además de las oraciones vocales a las que siempre había sido muy afecta, Catalina empleaba cuatro horas cada día en la meditación de la Pasión. Cierto día, hallándose en oración en la iglesia de San Pedro, se le acercó una mujer vestida de blanco y con un manto negro, a quien tomó por una terciaria dominica. La desconocida le pidió que rezara por una de sus compatriotas de quien ella recibiría valiosa ayuda y que pondría sobre su cabeza una corona de oro. Poco tiempo después, llegaron las noticias de la muerte de una cuñada que le dejaba en herencia la diadema de oro que, como otras mujeres de su rango y país, usaba en las grandes ocasiones. La tiara fue desbaratada y, del producto de su venta, santa Brígida y su hija vivieron durante dos años. De vez en cuando hacían peregrinaciones a Asís y a otros lugares y, finalmente, santa Brígida decidió hacer una postrera visita a Tierra Santa en compañía de Catalina. Brígida murió poco después de su regreso a Roma y su cuerpo se envió ese mismo año a Suecia para ser sepultado en la iglesia de su convento, en Vadstena.

El monasterio no había sido aún canónicamente erigido y sus religiosas vivían sin votos y sin hábito. En Santa Catalina recayó entonces la tarea de formar la comunidad, de acuerdo a la regla que su madre había elaborado por tan largo tiempo para que fuese aprobada. Un año más tarde, regresó Catalina a Roma para activar la causa de la canonización de su madre. Hasta después de cinco años volvió a Suecia, sin haber conseguido aún la canonización (el «Gran Cisma» se había producido mientras tanto). Logró, sin embargo, del papa Urbano VI, la ratificación de la regla de Santa Brígida. Durante ese tiempo en Italia, santa Catalina Ulfsdotter hizo amistad con santa Catalina Benincasa de Siena, y el papa Urbano decidió enviarlas juntas a una misión ante la reina Juana de Nápoles, que apoyaba al pretendiente al papado que se llamaba a sí mismo Clemente VII. Se dice que Catalina se rehusó a ir a la corte de la mujer que había seducido a su hermano Carlos; pero el beato Raimundo de Cápua, en su vida de Santa Catalina de Siena, lo explica de otra manera: él mismo, dice, disuadió al papa de enviar a las dos Catalinas a un ambiente tan peligroso.

Parecía como si la obra de Catalina estuviera terminada, porque inmediatamente después de su retiro final a Vadstena, su salud empezó a desmejorar. Continuó la práctica que había observado por tan largo tiempo de confesarse diariamente, pero el padecimiento gástrico que sufría le hizo imposible recibir el Santísimo Sacramento. Pidió entonces que el Cuerpo de Nuestro Señor le fuera traído a su cuarto de enferma a fin de poder adorarlo y practicar sus devociones en su presencia. Encomendando a Dios su alma en una última oración, murió pacíficamente el 24 de marzo de 1381. Se dice que una brillante estrella apareció sobre la casa, en el momento de su muerte y permaneció allí hasta su funeral. A sus exequias asistieron todos los obispos y abades de Escandinavia, así como el príncipe, y toda la población vecina. Santa Catalina no ha sido nunca formalmente canonizada, pero su nombre fue anotado en el Martirologio Romano y su fiesta se celebra en Suecia y otros lugares, así como por las religiosas de Santa Brígida. Se dice que escribió un libro titulado:
«La Consolación del Alma», que consistió en extractos y máximas sacados de la Sagrada Escritura y de varios escritos piadosos, pero no ha llegado a nosotros ninguna copia.

 
Existe una corta biografía en latín de santa Catalina que fue escrita en los principios del siglo XV por un monje de Vadstena, Ulf Birgersson. Puede encontrarse en el Acta Sanctorum, marzo, vol. III, y fue uno de los primeros libros impresos en Suecia. Un texto más crítico aparece en Scriptores rerum Sueciarum, vol. III. Algunos de los documentos y colecciones de milagros conectados con su proyectada canonización, han sido impresos en las dos obras nombradas. El texto completo de los documentos de canonización, ha sido editado por I. Collijn, «Processus Seu Negotium Canonizacionis b. Katerinae de Vadstenis» (1924-1946). La vida de Santa Catalina estaba tan íntimamente ligada con la de su madre, que quizás los mejores datos acerca de la hija serán encontrados en las biografías de santa Brígida.




fuente:
 

VIDAS DE LOS SANTOS DE BUTLER
Traducida y adaptada al español por
WIFREDO GUINEA, S. J.
de la Segunda Edición Inglesa revisada por
HERBERT THURSTON, S. I. y DONALD ATTWATER


VIDA DE SANTO TORIBIO DE MOGROVIEJO (23 DE MARZO)

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Toribio Alfonso de Mogrovejo nació el 18 de noviembre de 1538 en Mayorga, provincia de León, España. Desde la infancia se sintió inclinado a la piedad y le tuvo horror al pecado; en vez de los juegos, encontraba placer en adornar los altares y servir a los pobres. Devotísimo de la Santísima Virgen, rezaba a diario su oficio, el Rosario y ayunaba todos los sábados. Más de una vez fue necesario moderar sus mortificaciones; durante sus estudios en Valladolid y Salamanca, daba un buena parte de sus alimentos a los pobres.
 
Muy pronto, el rey Felipe II tuvo oportunidad de conocer los méritos del joven estudiante y le confió puestos importantes, al grado de llegar a nombrarle presidente del Tribunal de la Inquisición en Granada, a pesar de que sólo era un laico. Tras de haber desempeñado su oficio durante cinco años, satisfactoriamente para todos, Toribio fue elegido para ocupar la sede arzobispal de Lima, capital del Perú. Una serie de escándalos impedía la conversión de los infieles en aquel país de América y, en la corte española se consideraba que Toribio era el único hombre capaz de poner remedio a los excesos. Pero éste recibió la noticia de su elección como la de un suceso funesto: consternado y bañado el rostro en lágrimas, se echó a los pies del crucifijo; escribió en seguida al Consejo del Rey una extensa carta en la que declaraba su incapacidad y recordaba los cánones de la Iglesia que prohibían elevar a un laico al episcopado. Aquel acto de humildad fue para Toribio una fuente de gracias. Sus razones no fueron aceptadas y tuvo que consentir en su elección.
 
Toribio se preparó entonces a su ordenación; solicitó recibir las cuatro órdenes menores en otros tantos domingos, para tener el tiempo de cumplir con sus funciones; después recibió las demás órdenes, fue consagrado obispo y se embarcó sin demoras para el Perú. Llegó en 1581, cuando acababa de cumplir cuarenta y dos años. La diócesis de Lima tenía ciento veinte kilómetros de extensión a lo largo de las costas; aparte de varias poblaciones, comprendía una multitud de aldeas dispersas por la cordillera de los Andes.
 
Los conquistadores se habían conducido como verdaderos tiranos con respecto a los indios y, tras la conquista, se desataron las guerras civiles y las disensiones internas; las costumbres habían caído en una condición deplorable y, en vez de reaccionar, los clérigos contribuían con su conducta a aumentar los escándalos. El santo arzobispo no pudo contener las lágrimas al constatar todos aquellos desórdenes y se propuso recurrir a todas las medidas necesarias para remediarlos. Sus primeros mandatos, enérgicos y prudentes, lograron detener el curso de los escándalos públicos en Lima, y así el arzobispo pudo emprender la visita de su diócesis, a lo cual consagró siete años. Es imposible dar una idea precisa sobre los peligros que debió afrontar, las fatigas y penurias que debió soportar; tuvo que escalar altísimas montañas escarpadas, cubiertas de hielo o de nieve, para llegar hasta las chozas miserables de los pobres indios. A menudo, tenía que hacer sus viajes a pie; pero aún así oraba y ayunaba sin cesar para asegurar los frutos de sus trabajos apostólicos. Por todas partes colocó a pastores sabios y celosos, fue el azote de los pecadores públicos y el protector de los oprimidos, sin cuidarse de la calidad, dignidad o poder de las personas a las que había necesidad de reprimir.
 
Medidas tan enérgicas le atrajeron persecuciones; le malquistaron con los gobernantes del Perú, que todo lo sacrificaban a sus placeres y sus intereses; pero Toribio hizo frente a sus enemigos con su paciencia y su dulzura, sin abandonar por ello su firmeza contra el mal. Muchos de los poderosos, para excusar ciertos abusos, alegaban que esa era la costumbre; pero su argumentación era vana, porque Toribio les respondía invariablemente, como Tertuliano, que Jesucristo se llamaba verdad y no costumbre y que, en el tribunal de Dios, nuestras acciones serán pesadas en la justísima balanza del Santo de los Santos.

 
 

 
A fin de que se extendiera y perpetuara su obra, Toribio decidió realizar sínodos diocesanos cada dos años y sínodos provinciales cada siete. Fundó seminarios, iglesias y hospitales. Cuando la peste atacó una parte de su diócesis, se privó aun de lo más necesario para socorrer a las víctimas de la epidemia y recomendó la penitencia como el único medio de aplacar la indignación del cielo. En aquella ocasión organizó procesiones públicas a las que él mismo asistía como un penitente más, con los ojos llenos de lágrimas, fijos en un Santo Cristo que portaba en alto, mientras ofrecía su propia vida a Dios por la conservación de su rebaño. Sus plegarias, sus ayunos, sus extraordinarias vigilias duraron el tiempo que la peste.
 
Afrontaba los mayores peligros, si con ello lograba proporcionar a un alma el menor beneficio; hubiese dado la vida con gusto por cualquiera de sus diocesanos. Cuando se enteraba de que algunos pobres indios, para escapar a la barbarie de sus opresores, vagaban por las montañas o en los desiertos, iba hacia ellos a través de espantosas soledades en las que no había más que bestias feroces, para llevarles socorros y palabras de consuelo. Por tres veces hizo la visita a su diócesis: el segundo recorrido duró cinco años y el tercero un poco menos: el fruto de estos trabajos fue la conversión de un enorme número de indios.
 
Cuando iba de camino, empleaba su tiempo en la plegaria; al llegar a cualquier sitio, su primer cuidado era el de ir a la iglesia. A veces permanecía varios días en un lugar donde había necesidad de instruir a los indios, a pesar de que casi siempre faltaba ahí hasta lo indispensable para vivir.
 
Predicaba y catequizaba con un celo infatigable y, con el fin de desempeñar esa tarea con mayor eficacia, se propuso aprender las diferentes lenguas y dialectos que hablaban las tribus. También tuvo Toribio la gloria de renovar a la Iglesia en el Perú, porque si bien no fue el primer apóstol en las nuevas tierras, a él se debe el restablecimiento de la devoción, casi extinta. Los decretos elaborados en los concilios provinciales realizados durante su episcopado quedarán para siempre como auténticos monumentos de su piedad, de su sabiduría y de su prudencia; se les ha considerado como oráculos, no sólo en el Nuevo Mundo, sino en Europa y hasta en la misma Roma. Incluso se ha comparado su obra a la de san Carlos Borromeo en Italia.

El prelado, tan celoso por la salvación de su prójimo, no descuidaba nada para su propia santificación; se confesaba por lo general cada mañana y a diario celebraba la misa con una piedad angelical. La gloria de Dios era el fin de todas sus palabras y de todos sus actos, de manera que su vida era una continua plegaria. Sin embargo, tenía señaladas sus horas para los santos ejercicios; y en esos momentos, un resplandor externo caía sobre su rostro. Por humildad, ocultaba con extremo cuidado sus mortificaciones y sus otras buenas obras; su caridad hacia los pobres era ilimitada; su generosidad comprendía a todos, sin distinción, pero dedicaba especial atención a los pobres vergonzantes.

El arzobispo Toribio cayó enfermo en Santa, una villa situada a 440 kilómetros de Lima. Por entonces, acababa de iniciar una visita más a su diócesis. Inmediatamente vaticinó su muerte próxima y prometió una recompensa al primero que llegara a anunciarle que los médicos no tenían esperanza de salvarlo. A sus auxiliares y servidores les dio todo lo que empleaba en su uso personal; el resto de sus bienes lo legó a los pobres. Pidió que lo llevaran cargado a la iglesia para recibir el viático, pero antes de llegar los portadores consideraron prudente devolverlo al lecho y ahí se le administró la extramaunción. Durante su agonía repitió constantemente las palabras de San Pablo:
«Deseo despojarme de los lazos de mi cuerpo para estar unido a Jesucristo».
Rogó a los presentes que se acercaran al lecho para entonar las frases del salmo,
«Estoy lleno de júbilo por lo que se me ha dicho: ¡Iremos a la casa del Señor!».
 
El 23 de Marzo de 1606, murió mientras pronunciaba las palabras del rey profeta:
«Señor: pongo mi alma entre Tus manos».

El año siguiente al de la muerte del santo arzobispo Toribio, se trasladó su cuerpo de Santa a Lima: aún estaba incorrupto. El autor de su biografía y las actas de su canonización informan que resucitó a un muerto y dejó sanos a numerosos enfermos. También después de su muerte obró muchos milagros. Fue beatificado en 1679 por Inocencio XI y canonizado en 1726 por Benedicto XIII. En 1983 Juan Pablo II lo proclamó Patrono del Episcopado latinoamericano.
 
 
 
 
 

VIDA DE SAN NICOLAS OWEN (22 DE MARZO)

| jueves, 21 de marzo de 2013
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Posiblemente nadie contribuyó más a conservar la religión católica en Inglaterra durante la época de persecución, que un humilde artesano llamado Nicolás Owen, quien durante el reinado de Jaime I, salvó la vida de muchos sacerdotes gracias a su extraordinaria habilidad para encontrarles escondites. Nada se sabe de sus antecedentes o su infancia, pero se cree que haya sido constructor.
 
Era conocido familiarmente como «pequeño Juan» y «pequeño Miguel», y también se hacía pasar con los nombres de Andrews y Draper.

Sintetizando archivos contemporáneos, el padre Tanner decía acerca de él: «un gran siervo de Dios en un cuerpo diminuto», eso era Nicolás Ordoneus u Owen, quien pasó dieciocho años de su vida con los padres Henry Garnet y John Gerard, como el más fiel y útil de los servidores.



Aunque nació en Inglaterra en una época licenciosa, llevó una vida inocente, sin que lo tentaran los halagos del mundo. Su confesor, quien lo había conocido desde su infancia, asegura solemnemente que conservó su inocencia bautismal, sin mancilla, hasta la muerte. Con destreza incomparable, sabía cómo encontrar lugares seguros para los sacerdotes perseguidos, en pasajes subterráneos, entre paredes y en lugares recónditos. Pero no se conformaba con descubrir el escondite, sino que se las ingeniaba para disimularlo tan bien, que nadie habría podido hallarlo. Con su habilidad de albañil, cambiaba de sitio las entradas o las hacía aparecer como algo muy diferente a lo que eran. Él solo trabajaba en esas complicadas obras, perforando gruesos muros, excavando profundos fosos, en una tarea que requería brazos más fuertes que los de un cuerpo tan diminuto, que le valiera el apodo de «pequeño Juan». Además, sabía guardar el secreto y jamás descubrió a nadie alguno de sus escondites.
 
Gracias a él, muchos sacerdotes se salvaron de la furia de sus perseguidores y sería difícil encontrar alguno que, en una u otra ocasión, no se haya salvado en los escondites de Owen. Esto redundó en beneficio de todos los católicos, cuyo progreso en la virtud y acceso a los sacramentos se debieron a él. El inusitado éxito en la construcción de estos escondites parecía una recompensa del cielo a la piedad de Nicolás, puesto que infaliblemente comenzaba su trabajo recibiendo la sagrada eucaristía y durante la labor oraba sin cesar y ofrecía únicamente a Dios la obra terminada, sin aceptar otra recompensa que el mérito de la caridad y el consuelo de haber trabajado por el bien de los católicos.
 
Cuando hacía ya algunos años que prestaba esos servicios, el padre Garnet lo admitió en la Compañía de Jesús por el año de 1580. Nicolás fue el primer inglés entre los hermanos legos, aunque por razones obvias, su relación con la orden se guardó en secreto.
 
Owen se hallaba con el padre Gerard cuando, por la delación de un traidor desconocido, fueron aprehendidos, el día de San Jorge de 1594. Nicolás fue encarcelado en el Counter y sometido a torturas terribles para forzarlo a que revelara los nombres de los demás católicos. Tanto él como el hermano Richard Fulwood fueron colgados por los brazos, de unas argollas de hierro y con pesas atadas a los pies, durante horas. Aquél era el tormento llamado "Topcliffe", que también le fue aplicado al padre Southwell. No lograron obtener información de ninguno de los dos prisioneros y Nicolás fue puesto en libertad, mediante una suma de dinero que pagó un caballero católico, porque según testimonio del padre Gerard, sus servicios como inventor de escondites para los sacerdotes eran indispensables para ellos y muchos otros.
 
Pronto demostró Nicolás que podía hacer algo más que esconder católicos: podía sacarlos de la prisión. En efecto, la maravillosa escapatoria del padre Gerard de la Torre de Londres fue organizada por Owen, aunque la realizaron los hermanos Fulwood y Lilly, quienes eran menos conocidos de los carceleros. El propio Owen los esperaba con caballos en un sitio determinado. El padre Gerard, en su narración, dice: «Después de pisar tierra... Richard Fulwood y yo fuimos a una casa que el padre Garnet tenía en los suburbios y ahí, el pequeño Juan y yo, poco antes del anochecer, montamos los caballos que él tenía preparados para el caso y partimos al galope en busca del padre Garnet, que entonces se hallaba en el campo a corta distancia». El padre Gerard también menciona el hecho de que Owen escapara milagrosamente, cuando fue prestado por Garnet para que construyera escondites en una casa nueva que Garard había tomado y que estaba a punto de ocupar. Se habían hecho sospechosos y la casa estaba vigilada, pero la casa era tan grande, que aunque tenían un cuerpo de espías numeroso, no podían rodearla completamente, ni guardar todas las salidas tan estrechamente, que el pequeño Juan no pudiera ingeniárselas para huir sin peligro.
 
Al fin, después de haber servido fielmente durante 20 años, Owen cayó una vez más en manos de sus enemigos, junto con los padres Garnet y Oldcorne. Salió voluntariamente del escondite en el cual se habían ocultado, a fin de que lo capturaran, haciéndose pasar por sacerdote, y salvando así las vidas de los padres, que eran más útiles a la Iglesia. Fue aprehendido con el hermano Ralph Ashley, sirviente del padre Oldcorne. Al principio, se le permitió cierta libertad, bajo custodia, para que sus visitantes pudieran ser vistos, pero la prudencia de Owen frustró las intenciones de sus aprehensores. Entonces fue enviado a la Torre de Londres, cuyo carcelero, Wade, profesaba un odio fanático hacia la fe católica. Wade mantuvo a su víctima colgado, día tras día, a veces durante seis horas seguidas, a pesar de que Owen se encontraba enfermo y tenía una hernia, la cual le ceñían con una banda de acero. Owen rehusó firmemente contestar a las preguntas de Wade y afirmó que únicamente hablaría a Dios, invocando la ayuda de Jesús y de María. Al fin, el prolongado esfuerzo a que fue sometido estiró tanto el cuerpo del mártir, que sus entrañas se rompieron en forma espantosa. La banda de acero rasgó y ensanchó la herida y, en medio de terrible agonía, el hermano Nicolás pasó a recibir su recompensa eterna.
 
Se hicieron intentos para vilipendiarlo y atribuir su muerte al suicidio, pero su valor era conocido demasiado bien y la calumnia no fue aceptada. Una prueba de la que sólo pudo disponerse recientemente, se halla en el informe del embajador veneciano, Giustiniani, quien, el 13 de marzo de 1606, escribió a su gobernador en la forma siguiente (la parte que se encuentra entre paréntesis está en clave):
 
«Debo añadir que mientras el rey (Jaime) me hablaba, mencionó que la noche anterior uno de los jesuitas, a quien remordía la conciencia por sus pecados, se había hecho dos heridas en el cuerpo con una navaja. Cuando los guardias acudieron atraídos por los gritos, lo encontraron aún vivo. Confesó haber tomado parte en el complot, a sugestión de su provincial (Garnet) y ahora, reconociendo su crimen, había resuelto suicidarse y escapar así de morir colgado, como merecía.

La opinión pública no obstante, sostiene que murió por las torturas que le infligieron, las cuales eran tan severas, que le privaban no sólo de su fuerza, sino de mover cualquier parte de su cuerpo, de modo que consideran inverosímil que haya sido capaz de acuchillarse, especialmente con una navaja sin filo, como ellos alegan. Se cree que no confesó nada, pero que estando ya muerto hayan engañado al rey publicando esta versión, para excitar en él y en todo el mundo la mayor animadversión hacia los católicos y hacer más ominoso el caso de su compañero el provincial.»

La afirmación del rey Jaime de que el hermano Owen, en su agonía, «confesó haber tomado parte en el complot a sugestión de su provincial» es no sólo sumamente improbable en sí, sino que se contradice por el hecho de que ni siquiera se haya mencionado tal confesión en el juicio que se le siguió a Garnet. El padre Gerard escribía del hermano Owen: «Realmente pienso que ningún hombre haya hecho más bien a todos los que trabajamos en la viña inglesa. Desde un principio, tuvo la oportunidad inmediata de salvar las vidas de cientos de personas, tanto eclesiásticos como seglares, así como los bienes de éstos, que se habrían confiscado y perdido muchas veces, si los sacerdotes, en ocasiones hasta cinco o seis al mismo tiempo, hubieran sido encontrados en sus casas; de las cuales escaparon, no en una, sino en múltiples ocasiones, no obstante que una misma casa era objeto de diversos registros. Yo mismo fui uno de los siete que escaparon de ese peligro una vez, gracias a un lugar secreto que él hizo. ¡Ya podemos imaginamos cuántos sacerdotes habrán sido los que este hombre salvó con su esfuerzo, durante diecisiete años, en todos los condados y en las principales casas católicas de Inglaterra!»
 
La información más digna de confianza que se tiene acerca de san Nicolás Owen puede encontrarse en los escritos de su compañero y contemporáneo el Padre John Gerard, impresos en The Condition of Catholics under James I, de Fray John Morris; véase la traducción de su autobiografía, por Fray P. Caraman (1951). Ver también REPSJ., vol. IV pp. 245.267. El despacho de Giustiniani, que sólo nos permite fijar la fecha exacta de la muerte de san Nicolás, está impreso en el Calendar of State Papers, Venetian, vol. x, pp. 327-328.

 

VIDA DE SAN NICOLAS OWEN (22 DE MARZO)

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Date :jueves, 21 de marzo de 2013
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VIDA DE SAN NICOLAS DE FLUE (21 DE MARZO

| miércoles, 20 de marzo de 2013
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Festividad el 21 de Marzo

Proceso:
Fue canonizado el 1947 por Pío XII.

 
En la región montañosa vulgarmente llamada Ranft, junto a Sachseln, en Suiza, san Nicolás de Flüe, el cual, por inspiración divina, deseoso de otro género de vida dejó a su esposa y a sus diez hijos, retirándose al monte para abrazar la vida de anacoreta, donde llegó a ser célebre por su dura penitencia y desprecio del mundo. De su celda sólo salió una vez, y fue para apaciguar con una breve exhortación a quienes estaban a punto de enfrentarse en una guerra civil.
 
Vida y milagros de San Nicolás de Flüe

Suiza en los siglos XIV y XV está empapada de corrientes espirituales que son propicias para la ascesis y para las visiones. Y no solamente se dan entre los clérigos o en los claustros de los monasterios; han trascendido también al laicado y en cualquier esquina o iglesia puede uno toparse con gente que transmita experiencias sobrenaturales habidas en la intimidad de la oración.
Nicolás de Flue es un santo suizo y de esta época. Soporta sobre su figura, no legendaria sino bien probada por la historia, la dignidad nacional tanto por parte de los protestantes como de los católicos, dada la curiosa complejidad que desde siglos lleva consigo el pueblo suizo, aunque ciertamente unos y otros lo tienen como personaje emblemático por distintos motivos; los que se llaman reformadores lo miran desde la cara política y los católicos añaden el matiz espiritual.
 
Nació en el 1417, justo el año en que termina el Cisma de Occidente con la elección de Martín V como Papa por el concilio de Constanza. En familia de católicos campesinos, se ocupa de los trabajos del campo, pero es asiduo a la oración y practica el ayuno como cosa habitual cuatro días por semana. Se casa cuando tiene treinta años con Dorotea Wyss. La unidad familiar dura veinte años, tienen 10 hijos, uno de ellos llega a frecuentar la universidad y el mayor consigue ser presidente de la Confederación. Siendo Nicolás un hombre de paz, tuvo que intervenir en tres guerra, en la de liberación de Nüremberg, en la vieja de Zurich y en la de Turgovia contra Segismundo.
 
En el año 1467 da comienzo la parte de su vida que, aunque llena de contradicciones, es la forja de su santidad y de su fecundidad política. Veámosla. Tiene cincuenta años y con el permiso de su esposa y de sus hijos se retira a vivir como eremita en la garganta de Ranft. Vive entregado a la meditación preferentemente de la Pasión del Señor que contempla siguiendo los distintos episodios, como hicieron Juan Ruysbroeck y Enrique Suso. Obtiene un alto y profundo conocimiento de la Santísima Trinidad. Hace notable penitencia y practica riguroso ayuno. La celda que le han construido los paisanos solo dispone de una ventana para ver los oficios del sacerdote y otra para contemplar la naturaleza de Unterwald. El obispo de Constanza va a bendecir el lugar que se convierte en centro de peregrinación. El contenido será el culto a la Eucaristía y el motivo el hecho milagroso del ayuno absoluto y prolongado de Nicolás. No prueba bocado en veinte años; sólo ingiere la Eucaristía y una vez come porque lo manda su obispo para probar su obediencia, humildad y el carácter sobrenatural del ayuno. Aquí tiene visiones sobrenaturales y de aquí arranca su energía y acierto para enfocar los asuntos políticos que darán a Suiza estabilidad y forma de gobierno peculiar.
 
El místico pacificador y salvador de la patria suiza fue juez y consejero en su cantón; también Diputado en la Dieta federal en 1462 y rechazó la jefatura del Estado. En 1473 propicia y consigue se firme el tratado de paz perpetua con Austria. En la Dieta de Stans del 1478 evita la guerra civil, consiguiendo el milagro de la reconciliación. Su obra política no fue sólo coyuntural, sino que hizo técnicamente posible la realidad de la patria común suiza.
Se cierra su vida con una enfermedad cargada de dolor y de sufrimiento que lleva con paciencia tan grande como su pobreza. Después de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, muere el 21 de marzo de 1487.
 
Desde el siglo XVI tanto los protestantes como los católicos requieren su patronazgo; unos por sus recomendaciones de mantenerse dentro de las fronteras, por los razonamientos que les ayudan a lo mezclarse en políticas extranjeras y por la cuasi prohibición de mostrar interés por la política europea; los otros, por ser un gran político que saca su genio de la condición de santo y fiel.
 
Sea como sea, Nicolás supo articular, unir y compaginar de un modo asombrosamente original lo que a la mayoría de los mortales nos parece un imposible contradictorio: Cuidó con esmero las cosas de la tierra y amó intensamente las del cielo; fue un hombre con una actividad incansablemente eficaz, sin dejar de ser contemplativo; es a la vez casado y eremita; resulta al mismo tiempo el primer político y el más grande santo; tiene la extraña sabiduría que valora lo poco nuestro y la inmensidad de lo divino.
 
Los católicos comenzaron en el 1591 el proceso de canonización que no llega a promulgarse -un dato contradictorio más- hasta el 1947 por el papa Pío XII, el mismo día de la Ascensión. Han pasado más de 350 años y es que la santidad, antes de ser oficialmente reconocida, está supeditada a las contingencias históricas.



 

VIDA DE SAN NICOLAS DE FLUE (21 DE MARZO

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Date :miércoles, 20 de marzo de 2013
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VIDA DE SAN MARTIN DE BRAGA (20 DE MARZO)

| martes, 19 de marzo de 2013
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Según san Gregorio de Tours, san Martín de Braga sobrepasó en ilustración a todos los letrados de su época. El poeta cristiano Venancio Fortunato lo describe como heredero, tanto de los méritos como del nombre de san Martín de Tours. La historia de sus primeros años es incierta. Algún escritor que lo confundió con San Martín de Tours dio pie para que se pensara que era nativo de Pannoia. Se cuenta que hizo una peregrinación a Palestina y que quizá se encontraba entre los peregrinos que regresaron a Gallaecia, España [Gallaecia comprendía la actual Galicia, pero era mucho más extensa, incluyendo también el norte del actual Portugal]. Los suevos dominaban en esa región y habían propagado las doctrinas arrianas. San Martín, sin embargo, mediante su erudita predicación, logró volver a la fe católica a la región. Comenzó con la conversión e instrucción del rey Teodomiro y posteriormente reconcilió con la Iglesia a muchos arrianos y católicos renegados. Construyó muchos monasterios, el principal de los cuales, Dumio (hoy Mondeño), le sirvió como centro de operaciones de sus esfuerzos misioneros.

Los monarcas suevos, en consideración a este santo, eligieron a Dumio como sede arzobispal, de la cual vino a ser el primer ocupante. Tan íntimamente ligaron a Martín a su corte, que fue llamado «el obispo de la familia real». Sin embargo, nunca suavizó la severidad de su vida monástica y en el gobierno de sus monjes mantuvo estricta disciplina. Fue promovido después a la sede de Braga, lo que le convirtió en metropolitano de toda la Gallaecia, dignidad que mantuvo hasta su muerte. Además de su trabajo principal como misionero, San Martín rindió otros grandes servicios a la Iglesia con sus escritos. Los principales de éstos son una colección de ochenta y cuatro cánones; una fórmula «Vitae honestae», escrita como guía para una vida virtuosa, a petición del rey Miro; una descripción de las costumbres supersticiosas de los campesinos, bajo el título de «De correctione rusticorum»; un tratado de máximas morales, y una selección de proverbios de los eremitas egipcios. San Martín murió en 579, en su monasterio de Dumio, y su cuerpo fue trasladado a Braga en 1606.
 

Nuestros principales informadores en este caso son, Gregorio de Tours y Venancio Fortunato. Véase Acta Sanctorum, marzo, vol. III; Florez, España Sagrada, vol. IV. pp. 151-158; Gams Kirchengeschichte Spaniens, vol. II. pt. I pp. 472-475. Una sincera apreciación de la obra y de la erudición de San Martín de Braga puede encontrarse en la Cambridge Medieval History, vol. III, pp. 489-490. En la obra Geschichte der Literatur des Mittelalters, de Ebert, vol. I. 2 ed., pp. 579-584, ocupa también un lugar prominente. Otro resumen de la vida, con énfasis en los escritos y abundante bibliografía, en Patrología, IV, Di Berardino, BAC, 2000, pág. 85-88



fuente:



VIDAS DE LOS SANTOS DE BUTLER
Traducida y adaptada al español por
WIFREDO GUINEA, S. J.
de la Segunda Edición Inglesa revisada por
HERBERT THURSTON, S. I. y DONALD ATTWATER

 


VIDA DE SAN MARTIN DE BRAGA (20 DE MARZO)

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Date :martes, 19 de marzo de 2013
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VIDA DE SAN JOSE (19 DE MARZO)

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La historia de la vida de san José, dice Butler, no ha sido escrita por los hombres, pero sus acciones principales las relata el propio Espíritu Santo por medio de los Evangelios.

Lo que de él se dice allí es tan conocido, que apenas necesita comentario: San José era de ascendencia real y su genealogía nos la dan tanto san Mateo como san Lucas. Fue el custodio del buen nombre de Nuestra Señora y por ese motivo, necesariamente confidente de los secretos celestiales; fue el padre adoptivo de Jesús, el encargado de guiar y sostener a la Sagrada Familia y el responsable, en cierto sentido, de la educación de aquel que siendo Dios, se complacía en llamarse «hijo del hombre». Fue el oficio de José el que Jesús aprendió, su modo de hablar el que el Niño habrá imitado; fue José a quien la misma Santísima Virgen pareció investir con los plenos derechos paternales, cuando dijo sin restricción alguna: «Tu padre y yo, apenados, te buscábamos». No es de admirar que el evangelista hiciera suya esta frase y nos diga, refiriéndose a los incidentes ocurridos durante la presentación del Niño en el Templo, que «Su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían de Él».


 

De todos modos, nuestros conocimientos positivos referentes a la vida de san José son muy limitados; a la «tradición» conservada en los evangelios apócrifos, hay que considerarla completamente inútil, por provenir de la fantasía, más que de una auténtica transmisión de hechos.

Podemos suponer que se desposó con María, su prometida, de acuerdo con las ceremonias prescritas por el ritual judío, pero no se conoce claramente la naturaleza de este ceremonial, especialmente tratándose de gente humilde, y que José y María eran de esa condición se comprueba por el hecho de que durante la purificación de María en el templo sólo pudieron hacer la ofrenda de dos tórtolas. Esta misma pobreza muestra que es enteramente improbable la historia de la rivalidad de doce pretendientes a la mano de María, los que depositaron sus varas con el Sumo Sacerdote y los portentos que distinguieron de las demás, la vara de José, que fue la única en florecer. Los detalles proporcionados por el llamado «Protoevangelio», por el «Evangelio del pseudo-Mateo», por la «Historia de José, el Carpintero», etc., son, en muchos aspectos, extravagantes y contradictorios entre sí.

Debemos contentarnos con los simples hechos que relatan los Evangelios de que, después de la Anunciación, cuando el embarazo de María entristeció a su esposo, sus temores fueron disipados por una visión angélica; que recibió otros avisos del mismo ángel, primero para que buscara refugio en Egipto y después, para que regresara a Palestina; que estuvo presente en Belén cuando Nuestro Señor fue recostado en el pesebre y cuando los pastores acudieron a adorarle; que también acompañaba a María cuando ésta puso al Niño en los brazos del santo Simeón y, finalmente, que compartió el dolor de su esposa por la pérdida de su Hijo en Jerusalén y su gozo cuando lo encontraron discutiendo con los doctores en el Templo. El mérito de san José se resume en la frase evangélica: «fue un varón justo». Éste es el elogio que hace de él la Sagrada Escritura, y el mayor y mejor que podemos hacer nosotros.


 
 
Aunque ahora se venera especialmente a san José con oraciones que se ofrecen para obtener la gracia de una buena muerte, este aspecto de la devoción popular al santo tardó en ser reconocido. El Rituale Romanum, publicado con autorización en 1614, a pesar de que incluye amplios y antiguos formularios para ayudar a los enfermos y moribundos, no menciona en ninguna parte, incluyendo las letanías, el nombre de san José, y sólo en tiempos recientes se ha reparado esta omisión. Lo que hace este silencio más notable, es el hecho de que la relación que se da de la muerte de san José en la «Historia de José el Carpintero», apócrifa, parece haber sido muy popular en la Iglesia oriental y que esa historia fue el verdadero punto de partida del interés por el santo. Más aún, ahí es donde encontramos el primer indicio de algo relacionado con una celebración litúrgica.

 
 

El reconocimiento que ahora se le otorga a san José en el Occidente, según opinión general, se derivó de fuentes orientales, pero el asunto es muy oscuro. De cualquier modo, debe tenerse en cuenta que la «Historia de José, el Carpintero» se escribió originalmente en griego, aunque ahora sólo la conocemos por las traducciones copta y arábiga. En este documento se hace una narración muy completa de la última enfermedad de san José, de su temor a los juicios de Dios, de sus autoreproches y de los esfuerzos que hicieron Nuestro Señor y su Madre para consolarlo y facilitarle su paso a la otra vida, así como de las promesas que hizo Jesús de proteger, en la vida y en la muerte, a los que hagan el bien en nombre de José. Es fácil comprender que esas supuestas promesas debieron haber causado honda impresión en la gente sencilla; la mayoría, sin duda, creyó que incluían una garantía divina de su cumplimiento. En todas las épocas de la historia del mundo, nos encontramos parecidas extravagancias, que se desarrollan a la par de los grandes movimientos de devoción popular. Lo maravilloso es que, en casi mil años, según parece, no encontramos rasgos reconocibles ni en el Oriente ni en el Occidente, de que tales promesas hayan despertado mucho interés. El Dr. L. Stern, persona altamente autorizada que se interesó mucho por este documento, creía que el original en griego de la "Historia de José, el Carpintero" podía remontarse al siglo IV, pero esta estimación de su antigüedad, en opinión del padre Paul Peeters, es quizás excesiva.
 
Por lo que se refiere a Occidente, hay algunas menciones primitivas -no más atrás del siglo VIII- en martirologios del norte de Francia y Bélgica, que se extendieron luego a Iglaterra e Irlanda, llegando al catálogo de santos (Feliré) de san Oengus. Este testimonio es muy valioso, porque comprueba la presencia de los nombres de santos que él menciona en el documento que usó; pero un martirologio no es un calendario litúrgico y no nos permite concluir que tal o cual santo fuera celebrado en tal o cual fecha en un monasterio u otro. Estas alusiones primitivas fueron más bien un punto de partida para futuros acontecimientos, aunque se desarrollaron lentamente.

En el primer Misal Romano impreso (1474), no se encuentra ninguna conmemoración de san José, ni aparece su nombre en el calendario. En Roma encontramos por primera vez, en 1505, una misa en honor de san José, aunque un breviario romano de 1482 le dedica una fiesta con nueve lecciones. Pero en ciertas localidades y bajo la influencia de maestros individuales, había comenzado un culto notable, mucho antes de esto. Probablemente las representaciones de autos sacramentales en los que, con frecuencia, se asignaba a san José un papel prominente, contribuyeron en parte a este resultado. El Beato Hermán, premonstratense que vivió en la segunda mitad del siglo XII, tomó el nombre de José y creía que se le había concedido la seguridad de obtener su protección especial. Parece que santa Margarita de Cortona, la beata Margarita de Cittá di Castello, santa Brígida de Suecia y san Vicente Ferrer, honraron particularmente a san José en sus devociones privadas. A principios del siglo XV, algunos escritores influyentes, como el cardenal Pedro D´Ailly, Juan Gerson y san Bernardino de Siena, abogaron calurosamente por su causa y sin duda, debido sobre todo a su influencia, antes de finalizar el mismo siglo, la fiesta de san José comenzó a celebrarse litúrgicamente en muchas partes de Europa occidental.

La pretensión de que los carmelitas introdujeron la devoción del Oriente está completamente desprovista de fundamento; el nombre de san José no se menciona en ninguna parte del Ordinarium de Sibert de Beka y, aunque el primer Breviario carmelita que fue impreso (1480), reconoce su fiesta, esto parece haber sido fruto de la costumbre, ya aceptada en Bélgica, en donde se imprimió el mencionado Breviario. El capítulo carmelita celebrado en Nimes en 1498, fue el primero que autorizó formalmente este agregado al calendario de la orden. Pero de ahí en adelante, la devoción se extendió rápidamente y es indudable que el celo y el entusiasmo desplegados por la gran santa Teresa en la causa de san José produjeron una honda impresión en la Iglesia.

En 1621, el Papa Gregorio XV declaró la celebración de san José fiesta de precepto y, aunque después se anuló esta obligación en Inglaterra y otras partes, no por eso ha disminuido, aún en nuestros días, el fervor y confianza de sus innumerables devotos. Testimonio elocuente de este hecho es el gran número de iglesias dedicadas en su honor y las muchas congregaciones religiosas, tanto de hombres como de mujeres, que llevan su nombre.
 

 

fuente:

VIDAS DE LOS SANTOS DE BUTLER
Traducida y adaptada al español por
WIFREDO GUINEA, S. J.
de la Segunda Edición Inglesa revisada por
HERBERT THURSTON, S. I. y DONALD ATTWATER




VIDA DE SAN JOSE (19 DE MARZO)

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