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VIDA DE SAN RUPERTO DE SALZBURGO (27 DE MARZO)

| martes, 26 de marzo de 2013
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La primera parte de la vida de san Ruperto se ha conservado en la oscuridad y hubo una gran diferencia de opiniones respecto a la fecha en la que verdaderamente floreció.
 
Según las fuentes más fidedignas fue franco, aunque Colgan lo considera irlandés, cuyo nombre gaélico habría sido Robert Tach. Se puede hoy afirmar con certeza que, antes de empezar sus campañas misioneras, ya era obispo de Worms y en ese caso, no hay ninguna dificultad en que haya visitado Roma, ya que como obispo no requería especial autorización para tal objeto. Probablemente alrededor del año 697, fue cuando llegó con varios compañeros a Regensburgo y se presentó ante el duque Theodo de Baviera, sin cuyo permiso nada se podía hacer.
 
Probablemente llevaba consigo credenciales del rey franco Childeberto III, que siempre estuvo ansioso de la conversión de las provincias recientemente subyugadas. Parece que el duque era aún pagano, pero que su hermana era cristiana y no hay duda de que muchos en Baviera habían recibido el mensaje del Evangelio antes de esta fecha. Theodo no solamente dio la bienvenida a los recién llegados, sino que consintió en escuchar su predicación y en recibir sus enseñanzas. A su conversión y bautismo, siguió el de muchos nobles y no se presentó gran oposición al trabajo de los misioneros. El pueblo estuvo bien dispuesto y san Ruperto y sus compañeros cosecharon abundante fruto.
 
Un templo pagano en Regensburgo y otro en Altotting, fueron casi inmediatamente adaptados para el culto cristiano. Se construyeron otras iglesias y casi toda la población fue instaurada en la fe cristiana. Los misioneros continuaron su camino a lo largo del Danubio; y en Lorch, san Ruperto llevó a cabo muchas conversiones y realizó muchas curaciones milagrosas.
 
No fue, sin embargo, ni en Regensburgo, ni en Lorch, donde el santo estableció su centro de actividades, sino en el antiguo y ruinoso pueblo de Juvavum, que el duque le donó y que fue reconstruido y llamado Salzburgo. La generosidad de Theodo permitió a Ruperto erigir una iglesia y un monasterio con su escuela, dedicados a San Pedro. Se levantaron además otros edificios sagrados. El valle vecino, con sus fuentes de agua salada, formaba parte de la donación del duque. San Ruperto fue hábilmente secundado por sus compañeros, tres de los cuales, Vital, Cunialdo y Gisilario, fueron después reconocidos como santos. No tardaron en necesitar urgente ayuda y Ruperto regresó a su tierra natal para reclutar misioneros y logró conseguir doce trabajadores más. Indujo también a su hermana o sobrina, santa Erentrudis, a ingresar a un monasterio que él construyó en Nonberg y del que fue la primera abadesa.
 
Un gran número de iglesias y lugares llevan el nombre de San Ruperto y están tradicionalmente relacionados con él, pero muchos de ellos le fueron sin duda dedicados tiempo después. Además de su trabajo evangelizador, el santo hizo mucho por la civilización de sus conversos y promovió el desarrollo de las minas de sal. Fue él quien le dio a Juvavum el nombre actual de Salzburgo ("Ciudad de la sal"). Murió allí probablemente alrededor del año 710. La fiesta de san Ruperto se celebra en Austria, así como en Irlanda y Baviera.
 
 
La fuente más fidedigna es un documento conocido como «Gesta S. Rodberti», escrito en la primera mitad del siglo IX. Ha sido publicado por W. Levison en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores Merov. Otros textos están citados en Biblioteca Hagiográfica Latina., nn. 7391-7403, pero son menos fidedignos. Ver también a Hauck, Kirchengeschichte Deutschlands, vol. I, p. 372 ss.; W. Levison en Neues Archiv, vol. XXVIII, p. 283 ss. y L. Gougaud, Les saints irlandais hors d´Irlande (1936). El nombre del santo aparece en diversas formas.
 
 
 

fuente:



VIDAS DE LOS SANTOS DE BUTLER
Traducida y adaptada al español por
WIFREDO GUINEA, S. J.
de la Segunda Edición Inglesa revisada por
HERBERT THURSTON, S. I. y DONALD ATTWATER






VIDA DE SAN RUPERTO DE SALZBURGO (27 DE MARZO)

Posted by : Webmaster
Date :martes, 26 de marzo de 2013
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VIDA DE SAN DIMAS (25 DE MARZO)

| domingo, 24 de marzo de 2013
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En la suposición de que Nuestro Señor fue crucificado el 25 de marzo, el Martirologio Romano, en este día, contiene la siguiente relación:

"En Jerusalén, la conmemoración del santo ladrón que confesó a Cristo en la cruz y mereció oír de El las palabras: "Este día estarás conmigo en el paraíso." No sabemos más de su historia que lo contenido en los pocos versículos dedicados a él por el evangelista San Lucas; pero, como en el caso de la mayoría de los otros personajes nombrados en los Evangelios, tales como Pilato, José de Arimatea, Lázaro, Marta, pronto se compuso un relato que situó al "buen ladrón" en lugar eminente en la literatura apócrifa de los siglos primitivos. En el "Evangelio de la Infancia" de los árabes, se nos relata cómo, en la ruta de la huida a Egipto, la Sagrada Familia fue asaltada por ladrones. De los dos jefes llamados Tito y Dumaco, el primero, movido a compasión, pidió a su compañero que dejara pasar a aquellas gentes sin molestia y, al rehusarse Dumaco, Tito lo sobornó con cuarenta dracmas para que los dejara en paz. Entonces, la Santísima Virgen le dijo a su benefactor: "El Señor Dios te sostendrá con su diestra y te concederá la remisión de tus pecados." Y el Niño Jesús también intervino y dijo: "Dentro de treinta años, madre, los judíos me crucificarán en Jerusalén y estos dos ladrones serán crucificados conmigo, Tito a mi derecha y Dumaco a mi izquierda y, a partir de ese día, Tito me precederá en el paraíso."




Este relato, junto con otros, encontró popular aceptación entre la cristiandad occidental. Aunque los nombres más comúnmente dados a los ladrones fueron los de Dimas y Gestas, también encontramos los de Zoatan y Camata y aún otros diversos. Ese sentimiento genuino de devoción fue algunas veces evocado, ya que el instante del perdón del buen ladrón en la cruz parece figurar en la visión de San Porfirio (c. 400).
 
Encontramos a los dos ladrones representados en cuadros de la crucifixión, desde tiempos muy remotos, como por ejemplo, en el manuscrito de Ciríaco, ilustrado por Rábulas, en 586, conservado en la Biblioteca Lorenciana en Florencia. Las palabras del buen ladrón: "Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino," se han adaptado a un uso muy solemne en la misa bizantina, al "gran principio" de ella y a la comunión de los ministros y el pueblo.
 
 


Ver Evangiles apocryphes, editado por E. Peeters, vol. II; el artículo Larrons en el Dictionnaire de la Bible, Bauer, Leben Jesu im Zeitalter der N.T. Apokryphen, pp. 221-222; Rendel Harris en The Expositor, 1900, vol. I, pp. 304-308; y Notes and Queries, serie décima, vol. XI, pp. 321 y 394; vol. XII, p. 133. Ecos de la leyenda del buen ladrón se encuentran tanto en el Cursor mundi medieval, 11. 16739 ss., como en Golden Legend, de Longfellow y en otras partes.
En la imagen: El buen ladrón en la cruz, de Robert Campin (aprox 1425)



fuente:

VIDAS DE LOS SANTOS DE BUTLER
Traducida y adaptada al español por
WIFREDO GUINEA, S. J.
de la Segunda Edición Inglesa revisada por
HERBERT THURSTON, S. I. y DONALD ATTWATER




 

VIDA DE SAN DIMAS (25 DE MARZO)

Posted by : Webmaster
Date :domingo, 24 de marzo de 2013
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VIDA DE SANTA CATALINA DE SUECIA (24 DE MARZO)

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Catalina Ulfsdotter, fue la cuarta de los ocho hijos de santa Brígida quien, al igual que su hija, es conocida como «de Suecia», no porque pertenecieran a una casa real sino simplemente por distinguirlas de homónimas. En esa familia religiosa Catalina aprendió primeramente a amar a Dios y, a temprana edad, fue confiada al cuidado de la abadesa de Risaberga. Catalina fue prometida en matrimonio por sus padres a un devoto y noble joven, Edgardo von Kürnen, que era de origen alemán. La boda se celebró efectivamente.

A Santa Catalina se le celebra en el oficio divino como a virgen, porque, según se dice, la joven pareja, desde que salió de la iglesia, convino en vivir en perpetua continencia. En su nuevo estado, la joven esposa llevó vida de austeridad que Edgardo toleró, pero no alentó. Carlos, hermano de Catalina se mostró grandemente encolerizado cuando ella trató de inducir a la esposa de éste a seguir su ejemplo.

Santa Brígida, a la muerte de su esposo, Ulf, se fue a vivir a Roma y su hija Catalina, como después lo dijo a su homónima de Siena, desde aquel día en que su madre salió de Suecia, se olvidó de lo que era sonreír. En 1350, obtuvo el permiso de Edgardo para visitar a su madre en Roma, pero su hermano Carlos escribió una violenta carta a Edgardo prohibiéndole que la dejara ir. La carta llegó a manos de Catalina, pero ella no se asustó y se amparó bajo la protección que le ofreció uno de sus tíos. Tenía entonces alrededor de diecinueve años.

Santa Brígida había deseado por largo tiempo una compañera, y, cuando su hija, después de algunas semanas de estancia, le anunció que regresaba a casa, su madre le suplicó con ahínco que no lo hiciera, sino que permaneciese en Roma para la causa de Cristo.

Lo que siguió no está del todo claro ni es fácil de entender. Catalina estaba obligada a su esposo, a quien parecía tener profundo afecto, pero se quedó en Roma, no sin pasar por momentos de gran desdicha:
«Yo llevo una vida desgraciada, enjaulada como un animal, mientras los otros van y nutren sus almas en la Iglesia. Mis hermanos y hermanas, en Suecia, pueden servir a Dios en paz».

Por miedo a los desórdenes de la ciudad, cuando la madre de Catalina salía de casa, ordenaba a ésta permanecer encerrada. En estas circunstancias, puede suponerse muy razonablemente que el sueño que tuvo, en el que Nuestra Señora le reprochaba por su inconformidad, fue producto de su depresión nerviosa, aunque la pobre Catalina lo tomó muy en serio. Brígida, por otra parte, creyó habérsele revelado que el esposo de su hija estaba a punto de morir, lo que en realidad sucedió antes de terminar el año. Debido a esta revelación Catalina pareció perder todo deseo de regresar a Suecia.

Cuando se supo que esta hermosa joven era viuda, algunos pretendientes empezaron a asediarla con fines matrimoniales y a pesar de sus terminantes negativas, llegaron hasta hacer planes para raptarla. Un día, cuando ella iba a orar a la iglesia de San Sebastián, un conde romano, Latino Orsini, la asechó con sus sirvientes en una viña, a un lado del camino. Pero repentinamente, un venado apareció y distrajo tanto la atención del grupo, que santa Catalina pasó sin ser advertida. En otra ocasión, los que intentaban raptarla quedaron ciegos temporalmente, así lo testificó después, en presencia del papa, el que encabezaba el grupo. La belleza exterior de la santa era un espejo en el que se reflejaba la gracia interior de su alma. Su caridad era tan grande, que se extendía no solamente a los hechos, sino a las palabras, de suerte que nunca se le oyó proferir una palabra airada o impaciente o una crítica menos bondadosa. Años más larde, imploró a Dios que la Orden de Santa Brígida fuera siempre preservada del veneno de la calumnia y previno a su sobrina Ingegerda, después abadesa de Vadstena, contra los juicios faltos de caridad, diciendo que tanto el murmurador como su oyente llevaban al demonio en sus lenguas. Evitaba toda ostentación y llevaba puestas sus ropas hasta que se le caían a pedazos; sin embargo, se decía que irradiaba tal esplendor hacia las cosas materiales que le rodeaban, que la cabecera de su cama y el dosel parecían estar hechos de los más delicados y exquisitos materiales.
 
 
 
 
Durante los siguientes veinticinco años, la vida de santa Catalina se identificó casi con la de su madre, en cuyas buenas obras tomó parte activa. Además de las oraciones vocales a las que siempre había sido muy afecta, Catalina empleaba cuatro horas cada día en la meditación de la Pasión. Cierto día, hallándose en oración en la iglesia de San Pedro, se le acercó una mujer vestida de blanco y con un manto negro, a quien tomó por una terciaria dominica. La desconocida le pidió que rezara por una de sus compatriotas de quien ella recibiría valiosa ayuda y que pondría sobre su cabeza una corona de oro. Poco tiempo después, llegaron las noticias de la muerte de una cuñada que le dejaba en herencia la diadema de oro que, como otras mujeres de su rango y país, usaba en las grandes ocasiones. La tiara fue desbaratada y, del producto de su venta, santa Brígida y su hija vivieron durante dos años. De vez en cuando hacían peregrinaciones a Asís y a otros lugares y, finalmente, santa Brígida decidió hacer una postrera visita a Tierra Santa en compañía de Catalina. Brígida murió poco después de su regreso a Roma y su cuerpo se envió ese mismo año a Suecia para ser sepultado en la iglesia de su convento, en Vadstena.

El monasterio no había sido aún canónicamente erigido y sus religiosas vivían sin votos y sin hábito. En Santa Catalina recayó entonces la tarea de formar la comunidad, de acuerdo a la regla que su madre había elaborado por tan largo tiempo para que fuese aprobada. Un año más tarde, regresó Catalina a Roma para activar la causa de la canonización de su madre. Hasta después de cinco años volvió a Suecia, sin haber conseguido aún la canonización (el «Gran Cisma» se había producido mientras tanto). Logró, sin embargo, del papa Urbano VI, la ratificación de la regla de Santa Brígida. Durante ese tiempo en Italia, santa Catalina Ulfsdotter hizo amistad con santa Catalina Benincasa de Siena, y el papa Urbano decidió enviarlas juntas a una misión ante la reina Juana de Nápoles, que apoyaba al pretendiente al papado que se llamaba a sí mismo Clemente VII. Se dice que Catalina se rehusó a ir a la corte de la mujer que había seducido a su hermano Carlos; pero el beato Raimundo de Cápua, en su vida de Santa Catalina de Siena, lo explica de otra manera: él mismo, dice, disuadió al papa de enviar a las dos Catalinas a un ambiente tan peligroso.

Parecía como si la obra de Catalina estuviera terminada, porque inmediatamente después de su retiro final a Vadstena, su salud empezó a desmejorar. Continuó la práctica que había observado por tan largo tiempo de confesarse diariamente, pero el padecimiento gástrico que sufría le hizo imposible recibir el Santísimo Sacramento. Pidió entonces que el Cuerpo de Nuestro Señor le fuera traído a su cuarto de enferma a fin de poder adorarlo y practicar sus devociones en su presencia. Encomendando a Dios su alma en una última oración, murió pacíficamente el 24 de marzo de 1381. Se dice que una brillante estrella apareció sobre la casa, en el momento de su muerte y permaneció allí hasta su funeral. A sus exequias asistieron todos los obispos y abades de Escandinavia, así como el príncipe, y toda la población vecina. Santa Catalina no ha sido nunca formalmente canonizada, pero su nombre fue anotado en el Martirologio Romano y su fiesta se celebra en Suecia y otros lugares, así como por las religiosas de Santa Brígida. Se dice que escribió un libro titulado:
«La Consolación del Alma», que consistió en extractos y máximas sacados de la Sagrada Escritura y de varios escritos piadosos, pero no ha llegado a nosotros ninguna copia.

 
Existe una corta biografía en latín de santa Catalina que fue escrita en los principios del siglo XV por un monje de Vadstena, Ulf Birgersson. Puede encontrarse en el Acta Sanctorum, marzo, vol. III, y fue uno de los primeros libros impresos en Suecia. Un texto más crítico aparece en Scriptores rerum Sueciarum, vol. III. Algunos de los documentos y colecciones de milagros conectados con su proyectada canonización, han sido impresos en las dos obras nombradas. El texto completo de los documentos de canonización, ha sido editado por I. Collijn, «Processus Seu Negotium Canonizacionis b. Katerinae de Vadstenis» (1924-1946). La vida de Santa Catalina estaba tan íntimamente ligada con la de su madre, que quizás los mejores datos acerca de la hija serán encontrados en las biografías de santa Brígida.




fuente:
 

VIDAS DE LOS SANTOS DE BUTLER
Traducida y adaptada al español por
WIFREDO GUINEA, S. J.
de la Segunda Edición Inglesa revisada por
HERBERT THURSTON, S. I. y DONALD ATTWATER


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